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Prólogo de Alberto Vázquez-Figueroa | ||||||||||||
Hay quien asegura que Las Canarias fueron concebidas como el muestrario que “El Supremo Hacedor” quiso enseñar a los ángeles sobre cómo sería el mundo que pensaba crear: valles fértiles, altas montañas, hermosas playas, desiertos de arena, furiosos volcanes, espesos bosques e incluso un exótico toque de paisaje lunar se distribuyen a lo largo y ancho de las siete islas, y si algún día a los extraterrestres les diera por descender a la Tierra, no tendrían mas que recorrer la geografía insular para darse una idea de qué es lo que podrían encontrar en el resto del planeta. |
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“Diversidad” es la palabra que tal vez mejor define la orografía canaria, y esa misma diversidad no podía faltar bajo sus aguas. Si alguna duda pudiera quedar, lo único que se tiene que hacer es estudiar el extraordinario trabajo de “Oceanográfica”, con lo que se llegará de inmediato a la conclusión de que, al igual que pretendió hacer con las tierras emergidas, “El Supremo Hacedor” se empeñó en la tarea de conseguir que los fondos marinos del archipiélago, así como los innumerables seres que lo pueblan, fueran el mejor ejemplo de su infinita capacidad de imaginar formas de vida. Recuerdo que hace poco más de cuarenta años, se me ocurrió un buen día practicar la pesca submarina sobre un “bajío” que se encuentra a poco más de media milla frente al faro del islote de Alegranza. Mi idea era sumergirme con el fin de atrapar un par de meros, pero apenas había introducido la cabeza bajo el agua cuando descubrí, estupefacto, que docenas de esos meros, algunos abadejos y bandadas de rayados sargos ascendían a la superficie a observarme con la confiada curiosidad de quien descubre de improviso la presencia de un inofensivo extraño en su tranquilo mundo. ¿Cómo disparar impunemente contra quien ha acudido a darte la bienvenida y se desliza majestuosamente entre tus piernas casi con una sonrisa en los labios? El sueño de un auténtico aficionado a la pesca submarina estriba en localizar una hermosa pieza, sumergirse tras ella, perseguirla, demostrar ser el más listo, aguardar el momento justo, y abatirla de un certero disparo con el fin de ascender en busca de aire con ella en las manos. Pero si al igual que me sucedió aquel día de lejana mi juventud, es la pieza la que te localiza antes a ti, no huye, y no se sumerge a casi treinta metros en busca de una oscura cueva, sino que se limita a observarte a un metro de distancia, tal como observaban los animalitos del bosque a Blancanieves, ya no hay cacería ni hay afición que valga, y si en ese momento se te ocurriera la estúpida idea de pegarle un tiro a un bicho te pasarías un mes echándote en cara a ti mismo que te comportaste como un cerdo traidor y asesino. A no ser que te resultara imprescindible para la cena de esa noche. Con el paso de los años, la pesca submarina se convirtió en un deporte de masas y casi podría decirse que un sucio negocio que esquilmó los ricos fondos de nuestras islas de sus especies más valiosas hasta el punto de que los auténticos aficionados, los pioneros, comprendimos que había llegado el momento de cambiar el fusil por la máquina fotográfica, con la esperanza de que poco a poco la fauna que había estado a punto de desaparecer, regresara. Aún queda mucho trabajo por hacer, de eso no me cabe la menor duda; aún se necesitará tiempo para que todo vuelva a ser como aquella inolvidable mañana en la que los meros y los abadejos subieron a saludarme, pero al observar el magnífico trabajo que está haciendo “Oceanográfica”, contemplar sus increíbles fotos y comprender que luchan día a día para que cuanto está bajo el mar no se contamine de la nefasta especulación de tierra firme, me aferro a la esperanza de que algo quedará el día de mañana en nuestras islas que continúe pareciéndose a lo que “El Supremo Hacedor” tenía en mente en el momento de crearlas. ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA |
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